¿Para qué estoy en esta tierra?

¿Quién soy? ¿Para dónde voy?

Son preguntas que nos hacemos. O más bien, por no hacerlas es que nuestra vida pierde sentido.

¿Para qué estoy en este planeta?

Nuestro Señor Jesucristo tenía claro su propósito:

El vino por los humildes de corazón, por los cautivos, por los oprimidos, por los ciegos, por los enfermos, por los rechazados, por los abatidos de corazón; es claro que el no busca fama, poder, ni riquezas.

Leyendo el libro de Isaías, Jesús hace su propia declaración de propósitos:   

 «El Espíritu del Señor está sobre mí,
    por cuanto me ha ungido
    para anunciar buenas nuevas a los pobres.
Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos
    y dar vista a los ciegos,
a poner en libertad a los oprimidos,
 a pregonar el año del favor del Señor» Lucas 4:18-19 
   

¿Tienes claro el propósito de Dios para tu vida? ¿Para qué estás en esta tierra?

Efesios 2:10 dice:

Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.

ERES UNGIDO: Cuando crees y recibes a Jesús eres sellado, marcado con el Espíritu Santo de la Promesa. 

Una vez ungido ERES LIBERADO, ¿liberado de qué? de la vida absurda, del temor, del legalismo, la religiosidad, de la muerte, del poder de las tinieblas y por supuesto, del pecado.

Cristo te hizo libre, pero es tu responsabilidad vivir libre de cadenas.  

Una vez ungido y liberado ERES ENVIADO.

Quien que libera es Cristo, no hay otro mesías, pero Jesús te envía para que a través de la luz del evangelio sean abiertos los ojos de aquellos que están en la oscuridad y sean libres.

¡Eso es propósito!

Los templos están repletos de creyentes preparados; por eso el Señor te está enviando afuera a los campos.

Yo les digo: ¡Abran los ojos y miren los campos sembrados! Ya la cosecha está madura. Juan 4:35

Es abundante la cosecha —les dijo—, pero son pocos los obreros. Pídanle, por tanto, al Señor de la cosecha que mande obreros a su campo. Lucas 10:2

Oremos:

Amado Padre Celestial, gracias por ungirme, liberarme y enviarme, gracias porque fui hecho por ti, moldeado por tus manos, con un diseño único y con un propósito eterno que le da valor y sentido a mi vida. Aunque ante mis ojos y ante los ojos del mundo ese propósito parezca pequeño, ante tus ojos ese propósito es inmenso y de gran valor y perdurará por la eternidad.

En Cristo Jesús, Amén. 

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